Un sol que brilla, iluminando inclusive los rincones más oscuros de la pequeña ciudad de La Libertad. La luz que se asoma de Este a Oeste, tan temprano que cualquier limeño confundiría las 5 por las 6 de la mañana, un sol madrugador cualquiera diría.
Árboles, veredas tan iguales como las de Centro de Lima, un domingo por la mañana, no se escuchan ni los bullicios de esos pequeños pájaros que cantan, con sus melodiosas voces, plazuelas, casas antiguas, que nos rememora a las épocas de la colonia. Todo tan parecido, a las calles limeñas, exceptuando por un gran detalle, sillas de plástico, de las que se usan para los eventos como quinceaños, matrimonios, decoran dos veredas, cerrando toda una pista, de aproximadamente 20 cuadras de la ciudad.
Horas más tarde, 8 en punto exacto una marea de gente comienza a poblar la cuidad de la eterna primavera, aquellas sillas vacías y amontonadas comienzan a llenar, aquellos libres y gélidos asientos, todos corren para no quedarse sin lugar. Gente que llega tarde, está preparada y saca sus sillones entre tres o cuatro. En unos instantes el vacío de las 20 cuadras, se repleta de gente, sentados parados, trepados en árboles, en los monumentos, y gente desde su casa, en sus techos, en edificios todos en fila india, gente por doquier.Así como la gente, llegan comerciantes tras de ellos, carretillas, puesto de comida, desde turrones arequipeños, hasta los conocidos algodones de azúcar, y para los que ignoran el dulce, anticuchos y panchos a la parrilla.
No es para más, es el último pasacalle, y los trujillanos, turistas están preparados para ver tan bello y jovial show. Empieza por los escolares todos, impecables, llevan en alto sus cabezas, y a sus colegios, las mujeres con trenzas francesa sin un mechón afuera, y varones casi pelados, pero con una increíble presencia.
Terminan de desfilar todos los uniformados, y el son de la música cambia, ya no es un bom de bombo, es un tamborileo que mueve los pies de aquel que escuche, una marinera norteña abre paso. Niños de 6 años con sonrisas de oreja a oreja, y con un verdadero swing bailan al ritmo de la música, encantan al público que clama con emoción, con vítores y aplausos. El desfile sigue y las otras regiones no pueden faltar, tonderos, valses, huaynos, hay de todo un poco para él gusto de cualquier espectador.El radiar del sol baja y la cuidad de la eterna primavera, es cubierto por el manto de la noche, son las seis y a pesar de que el astro mayor ya no está, sigue iluminada. La música ya no se escucha, el desfile de bailes es cerrado con otra marinera, dos jóvenes descalzos, aún con sus sonrisas, pese de a ver bailado la misma tonado por horas, cierran con broche de oro las danzas. Detrás de ellos carros gigantescos se aproximan, todos coloridos, tanto así que si fueran pequeños igual se le distinguiría, colores primaverales que adornan la pista y que alegran la noche que ha caído en el lugar. Señoritas en el centro de ellos, todas con figuras esbeltas y con vestidos elegantes, bien peinadas y maquillajes que cualquiera notaría. Unos representado a sus colegios, otras a los institutos, el cual llamó más la atención aquel carro que tenía una música en inglés de los Beatles, dos chicos de cabellos castaños claro con guitarras simulando tocarlas, y una señorita al medio de ellos con un vestido negro poco llamativo, tanto que el peinado que llevaba, era el principal foco de atención, de moda de los 80’s, con un bucle elevado y que solo puede ser sostenido con laca.Los carros alegóricos siguen su recorrido, el desfile ya termina, es así como lo anuncia el animador, quien tenía horas pronunciando quien llegaba a la meta final. El último carro pasa, y la gente se esfuma como si no hubieran estado allí. El lugar queda vacío, solo basura, bolsas , papeles, pica pica, sillas desacomodadas , es lo que resto después del desfile, la luz ya no es potente, se aprecia el anochecer, y la alegría trujillana también se apaga al igual que la luz del día, del que hace llamar a aquella ciudad la de la “eterna primavera”



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